Rumbo a un rebote de la economía mundial
Sebastian Paris Horvitz, director de análisis de LBP AM, accionista mayoritario de LFDE
El precio del petróleo ha continuado bajando rápidamente de la mano de la normalización —muy paulatina— de la circulación por el estrecho de Ormuz. En lo que respecta al tráfico marítimo, el regreso a una situación similar a la existente antes de la guerra es un escenario probable. Los iraníes quieren seguir demostrando que pueden controlar el estrecho, pero seguramente harán todo lo posible para que vuelvan los ingresos del petróleo, un recurso financiero muy valioso para el régimen.
El precio del petróleo (Brent) podría estabilizarse por debajo de 80 dólares con bastante rapidez, para después moverse en torno a los 75 dólares de aquí a finales de año. Sin embargo, esta proyección conlleva dos riesgos alcistas para los precios. En primer lugar, como es lógico, una nueva escalada de las tensiones en la región. En segundo lugar, la demanda podría terminar siendo más dinámica debido a una aceleración de la actividad y a la necesidad de reponer las reservas estratégicas.
Un descenso de los precios de la energía más rápido de lo esperado tendría un efecto favorable para la actividad económica, especialmente en una Europa muy dependiente de las importaciones de crudo. La mejora general de la coyuntura ya se refleja de forma notable en la caída de las expectativas de inflación que recogen los mercados de renta fija: en la renta fija pública a 10 años, el descenso observado desde el máximo alcanzado en mayo es superior a los 30 puntos básicos (pb) en el caso de EE. UU. y a los 50 pb en el caso de Alemania.
Este escenario es beneficioso para los activos de riesgo. Sin embargo, es probable que los valores tecnológicos sigan registrando una volatilidad elevada, sobre todo tras las fuertes subidas de los últimos meses.
En Europa, ya sea en el Reino Unido o en la zona euro, el giro a la baja de la energía debería devolver a la inflación a una trayectoria descendente con bastante rapidez. En cuanto a la zona euro, el temor señalado con más fuerza por los banqueros centrales más ortodoxos son los efectos indirectos. A la vista del debilitamiento de la demanda en la región, creemos que este diagnóstico es erróneo. Así pues, el BCE debería mantener los tipos sin cambios de aquí a finales de año.
En EE. UU., la situación a la que se enfrenta la Fed es mucho más compleja, toda vez que la inflación nunca ha conseguido converger en realidad hacia el objetivo del 2 % del banco central. La razón principal hay que buscarla en la demanda interna, que ha demostrado ser una de las más resistentes ante la crisis energética. Las cifras del consumo del mes de mayo fueron bastante sólidas, mientras que la inflación medida con el deflactor del consumo privado —el indicador preferido de la Fed— aumentó hasta el 4,1% interanual, como se esperaba. Por lo tanto, consideramos altamente probable que los tipos de referencia suban antes de finales de año.