Le remitimos al glosario para una explicación de los términos de inversión empleados en este artículo.

Huracanes, inundaciones, incendios forestales, sequías... Ignorar las causas y las consecuencias del cambio climático es cada vez más indefendible ante la incidencia e intensidad crecientes de los desastres naturales.

Cabe afirmar que este es el desafío más importante al que se enfrenta la humanidad. Según proyecciones del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC)[1], los efectos de un aumento de la temperatura mundial hasta 1,5º C[2] por encima de los niveles preindustriales son graves. Hasta 2º C, dicho impacto es acuciante.

Las emisiones crecientes de dióxido de carbono no amenazan solamente a la salud de nuestro planeta, sino también a nuestro bienestar financiero. A pesar de la enormidad de este reto, me anima la contribución que pueden hacer los inversores canalizando sus recursos y ejerciendo su influencia.

El poder de la persuasión

Los inversores activos como M&G llevan mucho tiempo exigiendo cuentas a los equipos directivos sobre su estrategia y gobierno corporativos. Del mismo modo, podemos presionarlas en lo que respecta al cambio climático.

Las compañías necesitan comprender bien los riesgos, y creo que corresponde a los inversores responsables persuadir a los consejos de administración para que realicen cambios positivos. Una discusión franca sobre los riesgos que plantea el cambio climático para una empresa —por ejemplo si el aumento del nivel del mar puede inundar sus activos costeros— puede hacerlas cambiar de opinión y de estrategia.

A la hora de dar suficiente peso a la gestión de riesgos climáticos, un paso importante es la transparencia. El Grupo de Trabajo sobre Divulgación Financiera Relacionada con el Clima (TCFD) ha desarrollado un marco operativo para la publicación consistente de información sobre riesgos financieros relacionados con el clima, elevando la importancia de tal información al exigir su integración con las cuentas financieras.

También queremos ver medidas y objetivos ambiciosos para asegurar que las compañías logran avances tangibles hacia la mitigación de los riesgos. Otro paso vital es vincular la remuneración de ejecutivos con objetivos relacionados con el clima: premiar el avance en este ámbito y alinear incentivos eleva la probabilidad de que se logren.

Dando forma a una transición sostenible

Creo que la transición hacia una economía baja en emisiones será más efectiva si se convence a las empresas establecidas de que deben jugar un papel activo en la misma.

Su escala significa que están bien situadas para ejercer un impacto positivo. Por ejemplo, si un fabricante global de coches puede reducir a la mitad el carbono emitido por los 10 millones de automóviles que fabrica en un año, su beneficio  medioambiental podría superar con creces el de un productor de 1000 coches con cero emisiones.

Las compañías líderes que abanderan y generalizan la sostenibilidad en sus respectivas industrias pueden tener un impacto formidable. Un ejemplo es Ørsted: la compañía danesa de energía se halla a la vanguardia de la transformación de la sociedad hacia las fuentes renovables, tras haber sido un negocio concentrado en los combustibles fósiles. A día de hoy, Ørsted ha construido más parques eólicos marinos que cualquier otra empresa del mundo y se ha comprometido a abandonar completamente el carbón en 2023, con lo que habrá reducido sus emisiones en un 96% respecto a hace una década[3].

Cuando las compañías líderes son capaces de evolucionar y aprovechar tendencias como la demanda creciente de electricidad verde, sus accionistas pueden aspirar a lograr rentabilidades financieras sostenibles y contribuir a su impacto manifiestamente positivo sobre el clima.

Mantener la presión

Aunque el alejamiento de una economía con un uso intensivo de carbono puede parecer incremental, estoy convencido de que las empresas están a punto de acelerar su avance a este respecto, espoleadas por la presión legislativa, normativa y económica.

El número de compañías comprometidas con una trayectoria que limita la subida de la temperatura global a menos de 2º C[4] por encima de los niveles preindustriales (uno de los objetivos del Acuerdo de París sobre cambio climático) refleja sus buenas intenciones.

Los inversores hacen bien en respaldar a empresas que toman medidas para combatir el cambio climático, pero también cabe esperar un avance palpable. Si las compañías no actúan, los inversores tienen la responsabilidad de emplear todas las herramientas que tienen a su disposición.

La amenaza de desinversión puede ser efectiva, y es indudable que ha suscitado un cambio en la actitud corporativa, pero no es una panacea. Emplear la propiedad y la gestión responsable como instrumentos —ejerciendo presión junto a otros accionistas para que las compañías descarbonicen sus actividades— puede ser más eficaz.

Inversores con un patrimonio gestionado conjunto superior a los 34 billones de dólares han suscrito la iniciativa Climate Action 100+ para asegurar que los mayores emisores corporativos de gases de efecto invernadero toman medidas para combatir el cambio climático. Tras dialogar con Shell en 2018, la petrolera no solo se comprometió a fijarse objetivos de emisión de dióxido de carbono, sino que vinculó los planes de incentivos a largo plazo para sus ejecutivos con su cumplimiento[5]. De igual modo, BP se ha comprometido a alinear su estrategia de gasto en bienes de equipo con el Acuerdo de París.

Los riesgos medioambientales de la inacción climática son evidentes. Cuando las compañías no actúan, no solo se exponen —tanto ellas mismas como sus inversores— a pérdidas financieras, sino que se pierden las oportunidades que ofrece el abordar este reto.

Ben Constable-Maxwell, Director de Inversión Sostenible y de Impacto en M&G Investments

 

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