Por qué todos los bancos están sacando su stablecoin (y por qué justo ahora)

Por qué todos los bancos están sacando su stablecoin (y por qué justo ahora)

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Paula Pascual, fundadora y CEO de MERGE

Revolut ha anunciado EURR, su stablecoin en euros, empezando por Dinamarca, Polonia y Portugal, con 80 millones de clientes esperando detrás. Hace apenas unas semanas, Western Union presentó USDPT, su propia stablecoin en dólares, acompañada de una tarjeta para acercarla al consumidor en decenas de mercados. Y en Europa, el consorcio Qivalis reúne ya a 37 bancos detrás de un euro digital regulado, con una presencia española especialmente notable: forman parte del proyecto BBVA, CaixaBank, Banco Sabadell, Bankinter, Abanca, Kutxabank y Cecabank. A esta lista se suma, en el plano internacional, el consorcio anunciado en octubre de 2025 por Banco Santander junto a Bank of America, Barclays, BNP Paribas, Citi, Deutsche Bank, Goldman Sachs, MUFG, TD y UBS, que trabajan para desarrollar dinero digital tokenizado en las principales divisas del G7.

Anuncios encadenados en pocos meses, actores de naturaleza muy distinta que hasta hace muy poco no se sentaban en la misma conversación, y una única pregunta debajo: quién va a emitir el dinero digital sobre el que se va a mover el próximo ciclo económico.

Pasé cinco años en el equipo de cripto de Banco Santander, ayudando a montar la estrategia de activos digitales de uno de los bancos más grandes de Europa. Cuando salí, hace algo más de dos años, las stablecoins todavía eran un asunto casi técnico dentro del sector. Lo que ha cambiado desde entonces no es tanto la tecnología como la disposición de la banca tradicional a dejar de mirar hacia otro lado.

El modelo de negocio

Conviene explicar primero cómo funciona una stablecoin, porque el modelo económico que hay debajo es lo que explica todo lo demás.

Una stablecoin actúa como una criptomoneda en el sentido de que utiliza la misma tecnología que Bitcoin o Ethereum, pero no comparte su volatilidad, está sujeta a regulación, y además tiene detrás a un emisor identificable, normalmente una empresa conocida. Su valor no fluctúa, porque está permanentemente anclado al de una moneda tradicional, habitualmente el dólar o el euro. Es, dicho de otra forma, la posibilidad de tener tu divisa de siempre, pero con todas las ventajas que aporta la tecnología blockchain: transferencias internacionales en segundos, un mercado que no cierra los fines de semana ni por la noche, y un coste operativo prácticamente marginal.

Técnicamente funciona así. El usuario entrega un euro o un dólar al emisor, y recibe a cambio un token digital que representa esa misma cantidad y que puede mover libremente entre carteras, exchanges o aplicaciones. El emisor, por su parte, guarda ese dinero convencional como reserva para garantizar que en cualquier momento el usuario pueda canjear su token por el importe equivalente en la moneda original.

Hasta ahí, se parece bastante a un depósito bancario. La diferencia relevante está en el otro lado del balance del emisor. Ese dinero depositado por millones de usuarios no se queda parado, se invierte en su mayor parte en activos muy seguros y de vencimiento muy corto, principalmente en deuda pública estadounidense a corto plazo, la conocida como letras del Tesoro. Una parte más pequeña se mantiene efectivamente como depósito en bancos, aunque con diferencias notables entre emisores: en el caso de Circle, en torno al 13% según análisis de la Reserva Federal, mientras que en Tether esa proporción es prácticamente residual. En los últimos años, con los tipos de interés en los niveles en los que han estado, esa combinación se ha traducido en un margen extraordinariamente alto para el emisor, mientras que al usuario final apenas se le remunera. Lo que el usuario está comprando no es rentabilidad, sino la utilidad de poder mover valor de forma inmediata, sin horarios bancarios ni fronteras.

El caso de Tether, el mayor emisor global, ilustra bien la escala del asunto. Cerraron 2025 con más de 10.000 millones de dólares de beneficio y una exposición a deuda estadounidense en torno a los 141.000 millones, situándose entre los mayores tenedores mundiales de bonos del Tesoro americano, por encima incluso de varios países soberanos. Todo ello con una plantilla que apenas supera el centenar de personas. Es una estructura de márgenes que ninguna entidad financiera regulada tradicional puede replicar en su modelo actual, y esa es una parte muy relevante de por qué la banca ha decidido moverse ahora y no más tarde.

Conviene matizarlo, porque a veces se explica mal: no es que cada dólar que circula en stablecoins haya desaparecido del sistema bancario. Una parte sigue depositada en bancos, aunque tiende a concentrarse en unos pocos custodios grandes, y otra parte se transforma en financiación directa al Tesoro estadounidense. Pero lo que sí ocurre en todos los casos es que el usuario deja de tener su dinero en relación directa con su banco minorista, y el margen que genera esa reserva se lo apropia íntegramente el emisor. Es, en definitiva, desintermediación del vínculo con el cliente y captura del margen, más que una fuga literal de todo el efectivo.

La hegemonía del dólar, también en el mundo digital

Aquí es donde la conversación se vuelve incómoda para Europa. Más del 99% de las stablecoins actualmente en circulación están denominadas en dólares. Cada vez que una persona en Lagos, Estambul o Rosario decide protegerse de la volatilidad de su moneda local pasándose a una stablecoin, lo que está haciendo, en la práctica, es adquirir exposición al dólar y contribuir indirectamente a financiar la deuda pública norteamericana. Estados Unidos ha encontrado un canal nuevo y muy potente de demanda estructural para sus bonos, exportado a través de infraestructura privada, y sin necesidad de negociar ningún acuerdo internacional.

Europa lo ha percibido con cierto retraso, pero ha reaccionado. El reglamento MiCA ya está plenamente en vigor, USDT ha empezado a retirarse del mercado europeo por no cumplir con sus requisitos, y por primera vez se ha abierto una ventana regulatoria clara para que el euro también exista en formato digital. De ahí que Qivalis reúna ya a 37 bancos europeos, y que Revolut lance EURR precisamente ahora, y no dentro de doce meses. Si Europa no emite su propio dinero digital, lo hará otro, y no lo hará en euros.

¿Y esto qué le cambia al usuario?

Depende mucho de dónde viva ese usuario, y esta es una parte de la conversación que en Europa casi nunca se aborda con honestidad.

Para una persona en España, Francia o Alemania, una stablecoin no supone una gran transformación de su vida financiera cotidiana. Ya tenemos Bizum para pagar de forma inmediata a nivel nacional, tenemos SEPA Instant para transferir dinero en euros dentro de la zona en cuestión de segundos, y tenemos un sistema bancario que, con todos sus defectos, funciona razonablemente bien. Una stablecoin, en Europa, empieza a tener sentido cuando el usuario o el negocio operan fuera del perímetro europeo: transferencias internacionales, empresas con proveedores en Asia o Estados Unidos, profesionales que facturan a clientes de varios continentes. Es una mejora relevante, pero no una revolución para el uso doméstico.

En Latinoamérica el contexto es radicalmente distinto, y esto es lo que muchos análisis europeos no terminan de incorporar. En buena parte de la región no existe todavía un sistema de pagos en tiempo real ni siquiera a escala doméstica, y mucho menos a escala regional. A eso se suma que una porción muy amplia de la población tiene una exposición cotidiana a las transferencias internacionales a través de las remesas, que son un componente estructural del PIB de varios países. Y por encima de todo, existe una preferencia histórica muy asentada por ahorrar y operar en dólares en lugar de en la moneda local, motivada por décadas de inflación y de inestabilidad cambiaria.

Cuando se suman esos tres factores y se colocan sobre una infraestructura que permite disponer de un dólar digital para ahorrar, enviarlo a cualquier parte del mundo en segundos y a un coste marginal, se está creando un producto financiero que hasta ahora sencillamente no estaba disponible. Un dato basta para entender la dimensión de lo que está ocurriendo: las stablecoins ya mueven anualmente más volumen que Visa y Mastercard juntas. Y buena parte de ese crecimiento se está apoyando precisamente en Latinoamérica, en Asia y en África, no en los mercados donde el sistema bancario tradicional funciona bien.

Por eso, cuando conversamos con bancos brasileños, argentinos o mexicanos, la pregunta ya no es si integrar stablecoins. La pregunta es bajo qué licencia, sobre qué red y con qué socio hacerlo. En muchos casos, el regulador latinoamericano ha llegado a la mesa después de que la ciudadanía hubiera resuelto el problema por su cuenta.

Dos frentes que casi no se están contando

Mover dinero de un lado a otro es solo el primer caso de uso, el más evidente. Pero hay otros dos que explican por qué la banca europea, y muy particularmente la española, no puede permitirse llegar tarde a esta conversación.

El primero es la tokenización de los mercados de capitales. Los grandes bancos llevan años trabajando en la posibilidad de representar sobre una blockchain los mismos instrumentos financieros con los que ya operan a diario: acciones, bonos, deuda corporativa, fondos, participaciones. La lógica detrás es sencilla, se trata de aprovechar una tecnología que permite mover, custodiar y liquidar valor de forma más rápida, más transparente y con menos intermediarios. Y aquí entra el matiz relevante: si un bono corporativo se emite y se negocia sobre una blockchain, la contrapartida en efectivo tiene que existir también en ese mismo entorno para que la operación pueda liquidarse en el mismo momento en que se ejecuta. Es decir, se necesita dinero digital circulando por la misma vía. Y no parece razonable esperar que un BBVA o un Santander liquiden una operación institucional de decenas de millones utilizando la stablecoin de una empresa privada no bancaria. Necesitan un dinero digital regulado, denominado en euros, y a poder ser emitido por ellos mismos o por un consorcio del propio sector financiero. Esa es una parte muy relevante de lo que hay detrás de Qivalis y del consorcio internacional en el que participa Santander.

El segundo frente es la inteligencia artificial aplicada a los pagos, lo que ya se empieza a llamar agentic commerce. La próxima generación de aplicaciones y asistentes de IA no solo va a recomendarnos productos o gestionar tareas, va a poder ejecutar directamente pagos en nuestro nombre. Suscripciones, compras recurrentes, contratación de servicios entre plataformas, transacciones entre agentes automatizados sin intervención humana en el medio. Los raíles tradicionales, pensados para operaciones humanas en horario de oficina, no están diseñados para ese tipo de volumen, velocidad ni granularidad. Las stablecoins, por su naturaleza programable, disponible 24/7 y con coste operativo muy bajo, encajan de forma casi natural en ese escenario. Y quien controle la infraestructura de dinero digital que sostenga esa capa de pagos automatizados va a ocupar una posición muy estratégica en la próxima década de la economía digital.

Por qué la banca no puede seguir esperando

Un banco que emite su propia stablecoin recupera varias cosas concretas. Recupera el depósito, porque la moneda tradicional que respalda el token permanece en su balance o en el de una entidad de su ecosistema. Recupera el flujo transaccional, porque cada operación tokenizada se ejecuta sobre su infraestructura. Y recupera el margen que se genera al invertir esas reservas en deuda a corto plazo, un margen que hasta ahora se han estado apropiando íntegramente los emisores no bancarios.

A eso se añade un factor adicional que en las conversaciones con la industria pesa cada vez más, y es que la demanda ya no viene solo del inversor minorista, sino de los tesoreros de grandes corporaciones, que están pidiendo poder operar en stablecoins para pagos a proveedores internacionales, para nóminas de equipos distribuidos y para la liquidación de operaciones entre filiales. Si su banco no se lo ofrece, el cliente termina abriendo cuenta en una fintech o en un exchange que sí lo hace, y esa es una fuga de clientes que la banca no se puede permitir.

Lo que viene

Los próximos doce meses van a definir un mapa competitivo muy claro entre tres bloques. Por un lado, los emisores cripto nativos, con Tether y Circle a la cabeza, que aportan escala global y un modelo de negocio probado. Por otro, los bancos, en solitario o a través de consorcios como Qivalis, con la legitimidad institucional y la relación con el regulador. Y por último, los grandes actores de pagos y distribución, entre ellos Revolut, Western Union, PayPal o Stripe, que aportan lo único que ni la banca ni los emisores cripto tienen en la misma medida: una base masiva de clientes finales activos.

Buena parte de estos actores estarán en Madrid entre el 27 y el 29 de octubre, en la próxima edición de MERGE, que celebramos en la Bolsa de Madrid y en el Palacio de Cibeles. El programa está construido precisamente para poner en la misma sala a emisores, bancos y reguladores europeos y latinoamericanos durante tres días, con un Institutional Summit el primer día dedicado en exclusiva a este tipo de conversaciones. No es un debate que pueda resolverse en llamadas bilaterales.

Si algo he aprendido tanto dentro del banco como fuera de él, es que las infraestructuras financieras nuevas terminan pareciéndose a las antiguas en un aspecto fundamental: quien no participa cuando se está definiendo el estándar, luego lo acepta. Los movimientos de estas últimas semanas indican con bastante claridad que la banca ha decidido, por fin, estar en esa mesa.

Tribuna elaborada por Paula Pascual, fundadora y CEO de MERGE

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Este contenido se ha elaborado bajo un criterio editorial y no constituye una recomendación ni propuesta de inversión. La inversión contiene riesgos. Las rentabilidades pasadas no son garantía de rentabilidades futuras.


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