Donald Smith nos dejó hace tan solo unas semanas. Fue un inversor legendario, poco conocido para el público europeo, que generó unas rentabilidades extraordinarias para sus inversores, tras una larga carrera de más de cincuenta años.

Tuve el privilegio de conocer a Donald hace algún tiempo, y de comprobar cómo sus principios de inversión, ideales y valores humanos iban mucho más allá de una buena rentabilidad, transmitiendo esos principios a su equipo, a todo el ecosistema de la firma Donald Smith & Co., en especial a Richard Greenberg, con quien trabajó durante casi 40 años, y que queda ahora al frente del timón de la gestora.

Donald Smith creció en una pequeña granja en Illinois, donde su interés temprano por las inversiones le hacía acudir frecuentemente a la biblioteca local para leer el Wall Street Journal. Compró su primera acción con el dinero que ganó criando y vendiendo cerdos. De niño fue todo un emprendedor, comercializando enciclopedias y seguros, administrando un carrito de helados, e incluso trabajando en una funeraria, donde hacía todo tipo de labores, como tocar el piano y luego salir corriendo para llevar el coche fúnebre al cementerio. Tras terminar la universidad, se doctoró en la UCLA, donde pudo conocer y entablar amistad con el padre de la escuela de inversión value, Benjamin Graham.

Este encuentro marcó su estilo de inversión, basado en comprar compañías a precios muy deprimidos. La consistencia, pasión y rigor de Donald y de Richard Greenberg en la aplicación de esta estrategia es extraordinaria, como han demostrado en períodos difíciles, singularmente a finales de los años 90, cuando su estilo de gestión subió sustancialmente menos que otros competidores, más enfocados al crecimiento y a seguir lo que estaba de moda. Esa perseverancia les hizo, posteriormente, obtener rentabilidades de más del 50% entre los años 2000 y 2002, mientras el mercado sufría una severa caída. Su habilidad y determinación para ir a contracorriente, y alejarse de modas del mercado, les ha evitado caer en múltiples burbujas bursátiles a lo largo de décadas, salvando de pérdidas muy sustanciales a sus inversores.

La filosofía de inversión de Donald también se reflejaba en su método de vida. Era una persona modesta y, por ejemplo, nunca se compró un Ferrari, aunque financieramente podría haberlo hecho. Cuando le preguntaban por qué volaba siempre en clase turista y no en jet privado, o por qué cogía el autobús en lugar de un taxi tras una cena de trabajo, solía decir: “¡Yo ahorro para gastarlo en lo que es importante para mí: libertad, justicia, mercados libres… esas cosas!”

En efecto, Donald donó en vida gran parte de su fortuna, unos 100 millones de dólares, a causas relacionadas con la libertad, la justicia y el libre mercado. Su visión filantrópica se alejó de un intento de reconocimiento público o social; la mayoría de los que se beneficiaron de su ayuda nunca sabrán que la generosidad de Donald hizo su vida mejor. De hecho, su contribución ayudó a evitar guerras civiles, en al menos dos ocasiones, que hubiesen acabado con la vida de miles de personas en Nepal y Kirguistán. Smith declinó usar la etiqueta ESG, tan de moda actualmente, para hacer marketing o recibir reconocimiento, optando no obstante por una silenciosa labor social con un impacto mayúsculo.

Hasta su último día fue un apasionado inversor, y, además, una gran persona que hizo de este mundo un lugar mejor para vivir. Descanse en paz. Afortunadamente, su legado es muy importante y estamos convencidos de que Richard Greenberg y el resto de su equipo continuarán la excelente labor realizada hasta ahora, tanto desde el punto de vista de realizar excelentes inversiones como de desarrollar una destacada labor social.

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*Ver artículo original publicado en FundsPeople