Cerca de diez años de intervenciones extraordinarias en los mercados financieros por parte de los bancos centrales justificaban un comportamiento irracional. Poco importaba a los inversores el ciclo de crecimiento económico, dado que las compras de deuda pública a manos de los bancos centrales eran el catalizador definitivo del precio de los activos financieros. No obstante, por todos es sabido que esta distorsión ha contribuido enormemente a la aparición de movimientos de rebelión política que abogan por que los gobiernos puedan por fin relajar su disciplina financiera.

Estos movimientos ya constituyen una fuente de estrés para los mercados que, al concentrar sus riesgos de forma muy consensuada, han alcanzado un elevado nivel de fragilidad. Pero, por el momento, el crecimiento sigue siendo satisfactorio, los resultados de las empresas, envidiables, y las políticas monetarias, acomodaticias, contexto que ofrece una red de seguridad para los inversores.

La verdadera prueba de solidez para los mercados —y, al mismo tiempo, para las firmas de gestión de activos— llegará cuando el apoyo de los factores económicos y monetarios toque a su fin. Ahora bien, los primeros indicios de un debilitamiento del ciclo económico y de la reversión de la intervención de los bancos centrales ya han empezado a materializarse. La cuenta atrás ha comenzado.

 

Esta vez, la situación no es diferente

 

A pesar de la reforma fiscal estadounidense, la inversión sigue sin acelerarse y el ritmo de crecimiento del consumo se ralentiza. En la zona del euro, los indicadores de actividad económica están cayendo. Lo mismo ocurre en Japón. El mensaje de cercanía del fin del ciclo queda reflejado en síntomas «clásicos». En efecto, las acciones de las empresas cíclicas, industriales y endeudadas registran una rentabilidad inferior, al tiempo que aparecen las primeras tensiones en los precios, lo que supone una fuente de estrés para los mercados de renta fija. 

En paralelo, las ambiciones presupuestarias del presidente Trump conllevan un importante recrudecimiento de las necesidades de financiación en un momento en que la Fed está revirtiendo el sentido de sus intervenciones. No hay duda de que esta desafortunada coyuntura desempeña un papel nada desdeñable en la subida de los tipos de interés estadounidenses.

 

La mejora económica ha enmascarado la persistencia de las debilidades estructurales de la zona del euro

 

Un año después de la elección del presidente Macron, ningún partido esgrime explícitamente un proyecto orientado a salir de la unión monetaria, y las dificultades en la negociación del brexit no alientan, a priori, las aspiraciones rupturistas. Además, la actividad económica de todos los países de la zona del euro se sitúa actualmente en niveles consolidados. No obstante, la opinión pública sigue ampliamente dividida, y una parte sigue siendo sensible ante los llamamientos a priorizar los intereses nacionales: «My country first».

Estas fuentes de tensión son especialmente patentes hoy día en Italia, no solo debido a un sistema político crónicamente inestable, sino también por el talón de Aquiles estructural que constituye una economía compuesta en gran medida por pequeñas empresas, sin duda alguna dinámicas, pero con bagaje insuficiente para invertir en innovación y productividad. No obstante, la problemática italiana pone de manifiesto una fragilidad más generalizada en la zona del euro. 

El amparo de un banco central muy protector y, recientemente, una coyuntura económica favorable, así como las pocas reformas estructurales aplicadas, no han bastado para que las economías sean lo suficientemente competitivas ni para que los Estados hayan logrado reducir su nivel de endeudamiento. Sin embargo, el margen de maniobra presupuestario sigue siendo insuficiente para hacer frente de forma eficaz a una ralentización económica.

Esta vulnerabilidad se ve agravada por la constatación de que las reformas institucionales de la Unión Europea no han llegado a buen puerto. La zona del euro sigue lejos de consensuar el establecimiento de un presupuesto europeo que pueda paliar las limitaciones de los presupuestos nacionales en caso de necesidad. Por consiguiente, una próxima ralentización económica en Europa encontraría pocos factores estabilizadores en su camino.

Así, los próximos meses serán decisivos para la asignación de activos. Hacía muchos años que realizar un diagnóstico macroeconómico acertado no revestía tanta importancia para la gestión activa.

 

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Fuente: Carmignac, a 31/05/2018
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