“Podemos estar ciegos para lo evidente y ciegos, además, para nuestra ceguera.” 

Daniel Kahneman 

 
Por Elena Rico, analista y parte del equipo de gestión de Renta 4 Gestora
 
La tónica habitual del inversor durante la jornada bursátil se basa principalmente en la toma de decisiones sobre qué hacer con nuestras inversiones. Constantemente nos planteamos cuestiones sobre si comprar más acciones de esa compañía que tanto nos gusta, pero no estamos convencidos de su precio, o si vender de una vez las acciones que tenemos desde hace tiempo y que nos traen por el camino de la amargura.
 
Para dar respuesta a estos planteamientos intentamos predecir el comportamiento de las acciones, generalmente creando patrones, estableciendo posibles movimientos con la presentación de resultados, viendo gráficos de precios… Pero este comportamiento no lo llevamos a cabo solo en los mercados. De manera consciente, y más inconscientemente, cada día llevamos a cabo patrones creados porque tenemos la certeza de que con ellos vamos a obtener un resultado favorable.
 
La creación de patrones se remonta a la era de nuestros antecesores los Homo Sapiens; el instinto de supervivencia les llevaba a crear patrones en su actividad, sobre el entorno en el que se movían, y era cuando este cambiaba, cuando les saltaban las alertas.

Pero, ¿qué pasa cuando nuestro patrón no se cumple? De primeras nos sorprendemos. Y esto es algo que viene de las neuronas fusiformes de nuestro cerebro, presentes únicamente en animales con comportamientos cognitivos y sociales superiores, que son las encargadas de crear ese sentimiento de sorpresa (proceso emocional), y que según un estudio de la Universidad de Iowa (2005) se descubrió que son de vital importancia a la hora de tomar juicios rápidos. A su vez, se activa la ínsula cerebral, la cual está directamente relacionada con la aversión a la pérdida, que por supuesto influye en la toma de decisiones.

Para dar una explicación a este proceso que ocurre en nuestro cerebro, se ha realizado en multitud de ocasiones un experimento muy sencillo. Se nos plantean dos opciones ganar con un 100% de probabilidad 94.500€, o 100.000€ con un 95% de probabilidad; casi con total rotundidad la opción elegida por la mayoría es la primera. Porque nuestro cerebro simplemente trata de buscar la opción que refleje el menor riesgo (en este caso, ganancia segura), aun sabiendo que la segunda alternativa nos reportará un beneficio matemático mayor.

  • Se nos plantean dos opciones ganar con un 100% de probabilidad 94.500€, o 100.000€ con un 95% de probabilidad; casi con total rotundidad la opción elegida por la mayoría es la primera.

Entonces, ¿Qué pasa cuando una compañía que tenemos en nuestra cesta de valores publica unos resultados que son bastante peores de lo estimado por el consenso y de lo que nosotros preveíamos? Cuando vemos la publicación de resultados y nos topamos con esta noticia inesperada, nuestro cerebro se pone alerta. Nos genera un sentimiento de sorpresa y nuestro sistema de aversión a la pérdida se activa, lo que llevará a más de un inversor a vender sus acciones con pánico ante este fatal resultado y así evitar pérdidas superiores.

Esto sumado a la reacción similar de otros inversores y sienten lo mismo, puede llevar a caídas bruscas del valor. Y es aquí donde entra en juego la Neuroeconomía, tratando de identificar qué parte de esa caída viene de la mano de la actualización del precio ante los resultados publicados, y qué parte viene de la mano del miedo de los inversores a perder su dinero. Porque es este comportamiento el que lleva a la sobrerreacción del mercado, y es algo que ocurre de manera muy recurrente.

Contamos con numerosos ejemplos de esto. Es el caso del brote de Gripe A sufrido en España hace unos años donde se pensó que la causa de la misma era provocada por la ingesta de carne de cerdo. Esta noticia tuvo un impacto muy significativo en las acciones de Viscofan (su principal negocio son las envolturas de salchichas), que cayeron cerca de un 9% el día de publicación de la noticia, ya que se preveía que el consumo de esta carne iba a reducirse por esta causa, y por tanto iba a perjudicar de manera significativa en los ingresos de esta compañía.

Aunque parezca un comportamiento racional ante noticias de impacto, ¿Qué parte de este movimiento brusco de mercado fue real y qué parte fue psicológico? El precio de la acción corrigió al alza a lo largo de las siguientes sesiones, ya que se vio que el impacto de la noticia no iba a ser tan fuerte como el mercado asumió con la publicación. Se puede decir que el mercado sobrerreaccionó ante esta publicación, ya que el cerebro humano tiende a tomar decisiones más irracionales y rápidas ante pérdidas inesperadas, y se comportó más racionalmente a lo largo de las sesiones posteriores.

Como hemos intentado explicar, estos movimientos de mercado cuentan con un gran factor psicológico, que va mucho más allá del análisis técnico y del fundamental. Y es por ello que en la actualidad muchos especialistas en mercados, analistas y gestores de fondos de inversión están introduciendo dentro de sus métodos de análisis conceptos de Neuroeconomía y Economía Conductual. Ramas del conocimiento que se llevan desarrollando desde varios años atrás, de la mano de los conocidos Daniel Kahneman o Richard Thaler, psicólogos galardonados con el Premio Nobel en Economía por estudios dentro de este ámbito, donde se demuestra el mayor componente emocional en las decisiones económicas frente a la racionalidad de las mismas.

Se trata de una herramienta muy valiosa para los inversores, y conocerla nos puede llevar a tomar decisiones de inversión de manera consciente y racional, y así obtener mejor resultado de ello. Porque no hay nada más irracional que el ser humano y los mercados financieros.

  Este artículo se ha publicado originalmente en el blog El color de los mercados, de Cinco Días.