Todos los tipos de fondos, explicados: indexados, ETFs, renta fija, renta variable, monetarios...

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¿Qué tipos de fondos de inversión existen en la actualidad? ¿Cómo se clasifican? Hay un patrimonio formado por las aportaciones de miles de ahorradores españoles que no crece todo lo que podría. No porque los mercados fallen, sino porque muchos inversores no saben exactamente en qué están invertidos ni por qué. Conocer los distintos tipos de fondos disponibles —y sus diferencias reales— es el primer paso para no dejar dinero sobre la mesa.

Qué es un fondo de inversión, antes de todo lo demás

Un fondo de inversión es, en esencia, un patrimonio común formado por las aportaciones de muchos inversores que, juntos, acceden a mercados y activos que individualmente serían imposibles o muy caros de replicar. Técnicamente se denomina Institución de Inversión Colectiva. Ese dinero lo gestiona una sociedad gestora, que toma las decisiones de inversión, y lo custodia una entidad depositaria, cuya función es vigilar que la gestora actúe correctamente.

Hasta aquí la teoría. El problema es que "fondo de inversión" es una etiqueta que agrupa productos muy distintos entre sí, con riesgos, costes y fiscalidades radicalmente diferentes. Conviene distinguirlos.

Los cuatro grandes tipos según su estructura

Los fondos de inversión mobiliaria son los clásicos. El dinero se divide en participaciones, y el precio de cada una —el valor liquidativo— se calcula una vez al día al cierre del mercado. Su gran ventaja en España es fiscal: los traspasos entre fondos de este tipo no tributan hasta el reembolso definitivo, lo que permite que el interés compuesto trabaje sin interrupciones fiscales.

Los fondos indexados llegaron con una idea aparentemente sencilla: si no puedes ganar al mercado de forma consistente, réplica el mercado. Prescinden del equipo de gestión activa y siguen un índice —S&P 500, MSCI World, IBEX 35— con comisiones que pueden ser hasta un 75% más bajas que las de los fondos de gestión activa. Esa diferencia de coste tiene un impacto enorme en el largo plazo.

Los ETFs, o Exchange Traded Funds, son un híbrido: son fondos que cotizan en bolsa en tiempo real, como las acciones. Baratos y transparentes, pero con dos matices importantes en España. Primero, no permiten el diferimiento fiscal por traspaso: vender un ETF para comprar otro activa la tributación. Segundo, tienen dos capas de coste —las comisiones propias del fondo y los gastos del intermediario (corretajes, cánones de bolsa)— que no siempre son visibles a primera vista.

Los hedge funds, o fondos de inversión libre, son el territorio de mayor complejidad. Sin las restricciones habituales, pueden invertir en prácticamente cualquier activo, usar apalancamiento y apostar a caídas del mercado. Su modelo de comisiones clásico es el denominado '2 y 20': un 2% de gestión anual más un 20% sobre los beneficios. Desde 2023, la inversión mínima para particulares se sitúa en 10.000 euros —frente a los 100.000 anteriores—, siempre que no supere el 10% del patrimonio del inversor y cuente con recomendación de un asesor financiero.

Otra clasificación: según en lo que invierten

La CNMV clasifica los fondos según su vocación inversora, es decir, en qué invierten. Eso determina el riesgo real que asume el partícipe.

En el extremo más conservador están los fondos monetarios: invierten en deuda de muy corto plazo —letras del tesoro, por ejemplo— con una duración media inferior a seis meses. Son el equivalente financiero de una cuenta de ahorro bien gestionada, ideales para aparcar liquidez que pueda necesitarse en menos de un año.

Los fondos de renta fija son los que generan más confusión. El nombre suena tranquilizador, pero la realidad puede ser muy distinta. El concepto clave es la duración: cuanto mayor sea, más sensible es el fondo a los movimientos de tipos de interés. En 2022, fondos de renta fija de larga duración registraron caídas de entre el 15% y el 20%, más que muchos fondos de renta variable. El nombre no garantiza la tranquilidad.

Los fondos de renta variable invierten más del 75% de su patrimonio en acciones. Alta volatilidad, rentabilidades potencialmente elevadas en años buenos y pérdidas igual de abultadas en los malos. La pregunta que debe hacerse cualquier inversor antes de entrar es directa: si mañana la inversión vale un 25% menos, ¿se mantiene la posición o se vende presa del pánico? Si la respuesta es lo segundo, este tipo de fondo no encaja con el perfil.

Los fondos mixtos combinan renta fija y variable. En la variante de renta fija mixta, la bolsa no supera el 30% del patrimonio; en la de renta variable mixta, oscila entre el 30% y el 75%. Son la opción más frecuente para perfiles moderados, aunque conviene vigilar sus comisiones: de media, pueden ser más caras que las de fondos puros.

Los fondos garantizados merecen atención especial. El gancho habitual —"te garantizamos que recuperarás lo invertido"— viene con condiciones que no siempre se leen. La garantía solo funciona si se mantiene la inversión hasta el vencimiento; salir antes puede implicar comisiones de reembolso elevadas y recuperar menos de lo aportado. Además, no todos garantizan el 100% del capital: existen variantes de rendimiento fijo, de rendimiento variable y garantizados parcialmente. Antes de entrar, conviene preguntar exactamente qué se garantiza.

Fuera de esta escala existen dos categorías adicionales. Los fondos de retorno absoluto buscan generar rentabilidad positiva con independencia de la dirección del mercado —es un objetivo, no una garantía—. Y los fondos globales, sin política de inversión definida, pueden invertir en cualquier activo, zona geográfica o divisa según el criterio de la gestora.

El dato que más se ignora: las comisiones

El impacto de las comisiones en el largo plazo es uno de los factores más subestimados por los inversores particulares. Un ejemplo concreto lo ilustra con claridad: 10.000 euros invertidos durante 30 años con una rentabilidad bruta del 7% anual generan resultados muy distintos según el TER (Ratio de Gastos Totales) del fondo.

Con un TER del 0,20% —habitual en fondos indexados—, la rentabilidad neta queda en el 6,80% y el capital final supera los 70.000 euros. Con un TER del 1,80% —más frecuente en fondos de gestión activa—, la rentabilidad real cae al 5,20% y el resultado final ronda los 45.000 euros. La diferencia de comisiones no parece grande; la diferencia de resultado final es de más de 25.000 euros.

Las comisiones pueden ser implícitas —gestión y depósito, que se descuentan directamente del patrimonio del fondo y no se ven salir de la cuenta— o explícitas —suscripción y reembolso, que se cobran al entrar o salir—. El TER suma todos los gastos anuales en un único porcentaje: cuanto más bajo, mejor para el inversor.

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Este contenido se ha elaborado bajo un criterio editorial y no constituye una recomendación ni propuesta de inversión. La inversión contiene riesgos. Las rentabilidades pasadas no son garantía de rentabilidades futuras.


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