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Cómo ponerle precio al clima

Cómo ponerle precio al clima

El pasado mes de abril el gobierno americano aumentó sus objetivos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero hasta el 50-52% para 2030 (con referencia a los datos de 2005 o equivalente a una reducción del 42-25% con respecto a 1990); lo que le coloca en la senda de conseguir unas emisiones netas cero para 2050. Traducido a grados Celsius, diríamos que EE. UU. estaría cumpliendo su parte para lograr mantener el calentamiento global por debajo de 1,5o C hasta final de siglo. La mitad del G20 se ha adherido ya a esta iniciativa de una manera más o menos estricta; los planes de la UE (55% desde 1990) y Reino Unido (68%) son incluso más ambiciosos. Pero queda mucho trabajo por delante: la ONU sigue estimando que con las medidas anunciadas todavía estaríamos en los 2,5o C. El COP26 de Glasgow en noviembre puede dar otro acelerón a la tendencia: Australia, India, Rusia e Indonesia pueden ser los siguientes.

Cumplir con estos objetivos de reducción de emisiones no es tarea sencilla. A nivel global, aproximadamente un 24% de las emisiones de gases de efecto invernadero vienen de la energía de uso industrial, 16% del transporte, 18% de la energía de uso en edificios, 15% de otros usos energéticos, 5% de los procesos industriales directamente, 3% en el tratamiento de residuos y 18% en la agricultura y en los bosques. Si queremos dejar las emisiones en cero no podemos dejarnos ningún sector sin analizar, aun a sabiendas de que no todas las emisiones son igual de fáciles o costosas de recortar.

Afortunadamente, gracias a los avances de productividad en la generación de electricidad a través de fuentes renovables, en especial la fotovoltaica y la eólica, nos situamos en el momento de la historia reciente más “barato” de conseguir una economía sostenible. Hace 15 o 20 años, la electrificación de determinadas actividades suponía tener que aumentar la producción de ciclos combinados de gas o apostar decididamente por la energía nuclear. Ahora, si tuviésemos que diseñar una industria eléctrica partiendo de cero, lo haríamos casi exclusivamente con molinos y placas solares. Como el viento tiene el capricho de no soplar uniformemente y el sol de no brillar por las noches, construiríamos unas plantas de ciclos combinados de gas para encender y apagar cuando las necesitásemos, lo menos posible, y desarrollaríamos las tecnologías de almacenaje de energía (baterías) y las llamadas redes eléctricas inteligentes (Smart grids); todo con el objetivo de adecuar la producción a la demanda. Nos habríamos cargado de un plumazo todas las emisiones de las térmicas de carbón que suponen alrededor de un 25% de todo el CO2 que se lanza a la atmósfera y que volverán a hacer máximo histórico en este 2021. Por lo tanto, los países con objetivos de reducción de emisiones deberían aumentar su producción eléctrica renovable tanto como sean capaces, intentando minimizar las restricciones normativas.

Además, estos avances no sólo nos hacen soñar con sustituir esa electricidad proveniente de combustibles fósiles, sino que podemos aspirar a electrificar todo el transporte (otro 16% del pastel más un 5% adicional que se emite en la producción de combustibles fósiles); y, adicionalmente, podemos producir todo el hidrógeno limpio que queramos,  que dedicaremos primero a sustituir todo el hidrógeno sucio (producido a partir de gas natural) que estamos empleando industrialmente y luego al transporte, como combustible para sistemas de back-up o en puntos alejados de la red eléctrica o incluso para cubrir las necesidades de calentamiento de los hogares. Incluso sectores que se habían considerado como “imposibles de hacer sostenibles”, como el acerero, tienen algún atisbo de esperanza basados en la utilización de este hidrógeno limpio es sus procesos. Es decir, el crecimiento de la energía eléctrica renovable de los próximos años vendrá más marcado por las limitaciones propias de la construcción y su enganche a la red que por falta de demanda. Eso sí: el desarrollo de toda esta segunda fase seguirá dependiendo del apoyo público, ya que en la mayoría de casos el status quo sigue siendo más “rentable” que los nuevos desarrollos.

En este sentido, para elegir sus medidas de política medioambiental Biden ha reinstaurado la estimación del coste social de las emisiones de CO2 del gobierno de Obama: 51 dólares por tonelada emitida. La cifra no es un impuesto por ahora, sino que le sirve de base al gobierno para justificar sus decisiones; también puede sufrir revisiones conforme pase el tiempo y los objetivos sean cada vez más ambiciosos. De momento, esta referencia se va pareciendo cada vez más al precio del mercado europeo de permisos de emisión de CO2 que ha triplicado desde marzo de 2020 y que tocó sus máximos históricos de 56 euros/tonelada este mismo mes de mayo.

Finalmente, el objetivo de emisiones cero necesita de un cambio de actitud de la sociedad, las 3 Rs: “Reducir, Reutilizar y Reciclar”. Todas las medidas de ahorro de energía, eficiencia energética, tratamiento de residuos, reutilización y reciclado de materiales, las redes eléctricas inteligentes que ya hemos nombrado, etc. tienen que ser fomentadas. El informe Brown to green de la ONG Climate Transparecy, por ejemplo, recomienda la reducción de las emisiones de las edificaciones en alrededor de un 80% para 2050 a través de una mayor eficiencia, menor demanda energética y electrificación, en combinación con una descarbonización completa del sector energético y que todas las edificaciones nuevas tienen que ser de energía neta cero para 2025.

De igual modo, hay que incentivar todo el desarrollo de actividades orientadas a la mitigación de la contaminación, léase principalmente las distintas tecnologías de captura de carbono y las políticas de reforestación. En este último punto, el mismo informe citado anteriormente establece que el objetivo debe de ser detener la deforestación y conseguir reforestaciones netas a nivel global para 2030 aproximadamente. En resumen, todo un universo por delante de oportunidades de inversión si queremos cumplir con el objetivo principal que no es otro que el de salvar nuestro planeta. There is no Planet B!

Fuente: Climate Watch. The World Resources Institute (2020)

Datos:

Energía usos industriales 24,2

Transporte 16,2

Energía en edificios 17,5

Otros usos en energía 15,3

Industria 5,2

Tratamiento de residuos 3,2

Agricultura, Bosques y uso de la tierra 18,4%

 

Oscar del Diego Ereza, CFA

Director de Inversiones de Ibercaja Gestión

Gestor de Ibercaja New Energy

 

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