El proteccionismo ha vuelto, o eso parece desprenderse de algunas afirmaciones por parte del nuevo presidente de los EEUU, Donald Trump, o la máxima representante del gobierno de Reino Unido, Theresa May, al frente del proceso denominado Brexit.

Esta corriente de pensamiento no es nueva, en la década de los 80 la comunidad académica reflexionó largo y tendido sobre la misma. ¿Qué motivación subyace en estas nuevas manifestaciones de proteccionismo? La historia se repite, y de nuevo, las dificultades de empleabilidad en algunas industrias (sector manufacturero), el menor crecimiento a nivel global y los persistentes déficits en EEUU han devuelto las restricciones comerciales como nueva realidad económica. Adicionalmente, el creciente descontento con la clase política ha potenciado este tipo de discursos rupturistas o populistas.

La gran mayoría de estudios publicados, sin embargo, afirman que imponer restricciones comerciales, como aranceles o cuotas a la importación, reducen sustancialmente la riqueza económica del país que decide implantarlas. Una de las premisas de la teoría económica del comercio internacional afirma que, mientras el proteccionismo podría aminorar el poder de mercado de monopolios o tejido industrial ayudado públicamente en el exterior, las restricciones de este tipo tienden a reducir la competitividad de los productores locales, protegiendo a los mismos a costa del consumidor doméstico (bienes más caros). Como conclusión, los costes de este tipo de políticas comerciales exceden los potenciales beneficios.

En EEUU, durante los primeros días de la administración Trump, se ha comenzado a renegociar acuerdos como NAFTA (Tratado de Libre Comercio de América del Norte, con México y Canadá) o desistir de la aprobación del TPP (acuerdo comercial con los países de Asía pacífico). En este último caso, no estaba vigente ya que a pesar de ser un proyecto del anterior presidente de los EEUU, no había sido aprobado por parte del Congreso.

En cualquier caso, son malas noticias, ya que rompe relaciones comerciales con un conjunto de países clave para el crecimiento no solo de EEUU, sino a nivel global. A partir de aquí, cabe preguntarse si la destrucción de los millones de puestos de trabajo de los que habla el partido republicano ha sido por la feroz globalización y liberalismo económico, o por un viraje en el modo de proceder a la hora de elaborar determinados bienes de consumo.

Existen estudios que señalan que más del 85% de los puestos de trabajo destruidos en el sector industrial de EEUU desde el año 2010 corresponden a mejoras de productividad (implantación de robots en los sistemas productivos, por ejemplo) y no una internacionalización hacia zonas con un menor coste de producción unitario.

Por otro lado, los nuevos responsables del Gobierno de los EEUU han comunicado que van a acometer una expansión fiscal y rebaja de impuestos sin precedentes en los próximos meses; cifras que si realmente se implementan supondrán un aumento de deuda de gran magnitud a la espera de que acompañe la recaudación fiscal, en una economía con tasa de paro en mínimos y crecimiento económico medio superior al 2.4% en los últimos 5 años.Cuesta creer en una aceleración de semejante magnitud para cuadrar las cuentas públicas.

La deuda actual de los EEUU se aproxima a los 20 billones de dólares, supera el 105% de deuda pública sobre PIB y el apalancamiento (ratio de incremento del PIB dividido por el incremento de deuda) se sitúa por debajo de 0.50 veces, es decir, cada vez hace falta más deuda en el sistema para generar una unidad de crecimiento. La sensación de desazón que me generan estas cifras resulta irrevocablemente angustiosa si uno contempla la dirección que la Reserva Federal, banco central de EEUU, ha tomado en la fijación del precio oficial del dinero.

Tras dos subidas de tipos de interés en los dos últimos años de veinticinco puntos básicos, y hasta tres proyectadas durante este año, cabe preguntarse cómo cuadrarán el círculo los representantes del gobierno y de la FED. ¿Quién comprara la expansión de deuda proyectada? ¿Tendremos un nuevo QE y será la Reserva Federal quien recoja ese papel del mercado?, ¿o quizás la divisa pierda la credibilidad y estemos a las puertas de una enorme depreciación del dólar? Nadie sabemos muy bien qué nos depararán en los próximos meses estas nuevas corrientes de pensamiento, lo que está claro es que habrá que ser flexible en el posicionamiento de las inversiones durante este nuevo año 2017.

 

Javier Rillo Sebastián

Director de Análisis en Ibercaja Gestión

Gestor del fondo Ibercaja Alpha