El acuerdo comercial entre China y EE. UU. debería cerrarse en junio y su formalización será lógicamente bien recibida, si bien resulta poco probable que el acuerdo perdure, dado que los objetivos de ambos países son demasiado divergentes. Cualquier acuerdo constituirá más bien un alto en el camino en el marco de un proceso repetitivo que probablemente dure dos décadas, dado que la población de China alcanzará su punto álgido en 2025 y la economía del gigante asiático se tornará más vulnerable debido a un potencial de crecimiento inferior.

Efectos: Aunque los mercados acogerán con agrado el acuerdo comercial entre China y EE. UU. antes de que se formalice, lo más probable es que terminen surgiendo dudas sobre su ruptura en un año o dos. Estos riesgos siguen abogando por la inversión en acciones defensivas y value como cobertura en el marco de una cartera más amplia de renta variable, retorno absoluto o renta fija flexible.

 

Competidores estratégicos: EE. UU. y China

Si bien EE. UU. y China están en proceso de alcanzar un acuerdo comercial, resulta poco probable que perdure, dado que ninguna de las dos partes se muestra conforme con su posición en el tablero internacional. Ambas se consideran potencias dominantes, y parece que China está replicando su modelo mercantil del siglo XVI. El gigante asiático dispone de un margen de maniobra limitado para crecer y mantener una posición sostenible, dado que su población envejece y el país se acerca al estatus de economía avanzada con un crecimiento más lento.

A escala mundial, China encuentra en Rusia un socio secundario y cuenta con un elenco de aliados en la esfera emergente, incluidos aquellos países que forman parte de su proyecto «Cinturón y Ruta de la Seda». Tal y como sucedió durante la Guerra Fría, las economías «dominadas» jugarán a dos bandas para sacar el mayor provecho posible. En algunos casos, gracias a las situaciones de impago, China ha adquirido activos estratégicos en el extranjero.

Desde una perspectiva castrense, tanto EE. UU. como China buscarán mantener una ventaja que les permita atacar primero en caso de que estalle un conflicto nuclear o convencional (p.ej., en torno a la temida y misteriosa Huawei). Con todo, cualquier conflicto tendría una duración y un alcance muy limitados, en vista del importante círculo vicioso que podría desencadenarse (en forma de sanciones) y del escaso margen de maniobra en términos presupuestarios y de divisa (como en el caso de Crimea). Así, la mayor parte del conflicto y de la cooperación se dirimiría mediante una serie de acuerdos temporales. Por ejemplo, parece que EE. UU. ha alcanzado un acuerdo por el que China se compromete a incrementar ciertas importaciones desde EE. UU. hasta 2025. Los europeos también están llevando a cabo sus propias negociaciones comerciales. Por lo general, los imperativos económicos deberían tener más peso que otras cuestiones.

 

¿Cuándo cooperan los bloques?

La mayoría de países suelen cooperar cuando las opciones alternativas son mucho peores, cuando sus ciclos empresariales están correlacionados y cuando quieren crear un supergrupo (p. ej., la Unión Europea). Los países cooperan porque asumen que otros continuarán haciéndolo a lo largo del tiempo, ya que las ventajas de hacerlo superan con creces a las de otras estrategias. Si las ventajas se perciben como un reajuste temporal, las posibilidades de desviarse de esa cooperación son muy importantes.

En parte, este es el caso de China, que está desarrollando su economía nacional con sus propios motores de búsqueda y gigantes tecnológicos, de forma muy similar a lo que hicieron antes Japón y Corea del Sur. La diferencia es que el gigante asiático cuenta con un mercado lo suficientemente grande como para salir bien parado. Los europeos hicieron lo mismo en su día con la concesión de subsidios a Airbus (entre otros). Resulta poco probable que China renuncie durante mucho tiempo a su política de fomentar el surgimiento de líderes nacionales.

China cuenta con una vulnerabilidad clave respecto a Estados Unidos en un contexto de creciente desequilibrio comercial de gran envergadura. Las negociaciones deberían reducir el considerable superávit comercial de China. En teoría, cuanto mayor es el superávit, más sólida es la divisa, por lo que esta situación se traduciría en una depreciación del yuan frente al dólar estadounidense, que es de fluctuación libre. Los beneficios del tipo de cambio sugieren que la balanza comercial seguirá en cierto modo desequilibrada. La conclusión es que estamos ante una versión mucho menos grave de la guerra fría en la que los beneficios del tipo de cambio y la búsqueda de poder están interrelacionados.

 

¿Qué provoca el colapso de los bloques?

Los bloques geopolíticos se desmoronan debido a disfuncionalidades internas o externas. La presión competitiva excesiva puede producir graves perturbaciones en el plano comercial. Algunas economías emergentes han dejado de lado la inflación en periodos de marcada ralentización. La competencia por un recurso común que escasea, como la energía, también puede tener efectos perniciosos, al igual que las nuevas tecnologías (p. ej., fracking).

Como conclusión, Estados Unidos y China seguramente cierren una serie de acuerdos, y la propia necesidad propiciará que los socios se sienten a la mesa de negociaciones, especialmente a medida que siga debilitándose el crecimiento potencial de China.

Sebastién Galy, responsable sénior de estrategia macroeconómica de Nordea Asset Managemen