Una década después del punto álgido de la crisis financiera global, analizamos las lecciones aprendidas 

La gran crisis financiera nos enseñó una importante lección sobre la complejidad que reviste el sistema financiero global. Mucha gente —entre la que me incluyo— estaba convencida de que se aproximaba una crisis y en ocasiones sufrió pérdidas por asumir esta hipótesis demasiado pronto. No obstante, el nivel de apalancamiento y el grado de interdependencia entre los distintos mercados resultaron en una rotunda sorpresa para muchos de nosotros. Las normativas vigentes permitieron un apalancamiento elevado en el sistema y la proliferación de los activos difíciles de valorar, por lo que los bancos acumularon activos tóxicos resultantes de las actividades de negociación, cobertura o asunción de riesgos. En algunos casos, llevaría años poder reducir el volumen de estas deudas incobrables, dado que los reguladores penalizaron los activos difíciles de valorar y el apalancamiento elevado e introdujeron  requisitos de liquidez. Como consecuencia, algunos productos de gran complejidad desaparecieron, mientras que algunas actividades comerciales se trasladaron al sistema bancario no regulado, siendo el riesgo soportado por parte de los titulares finales de los activos.

La Fed, el BCE y el resto de instituciones monetarias acudieron al rescate de la economía y absorbieron los riesgos mediante la introducción de políticas de expansión crediticia/cuantitativa y, en algunos casos, tipos de interés negativos. El ingente volumen de deuda relacionada con el sector de la vivienda recuerda al estallido de la burbuja inmobiliaria en Japón. Siempre que los bancos centrales puedan contribuir a mantener un ritmo de crecimiento aceptable, estas posibles burbujas deberían desinflarse en algún momento de forma gestionable, como está ocurriendo en EE. UU. Sin embargo, el problema está en que los tipos reducidos fomentan que algunos países, como Italia, tarden —una vez más— demasiado en reformar sus sistemas, lo que da lugar a un despiadado aumento de su riesgo soberano.

A lo largo de la década posterior al desplome del mercado, se han introducido poderosas herramientas de política monetaria (expansión cuantitativa, directrices a futuro —forward guidance—, «Operación Twist», etc.) que han supuesto un balón de oxígeno para la economía global. El peligro reside en las consecuencias no intencionadas de estas nuevas herramientas tras su introducción, como el establecimiento de un objetivo de inflación temporalmente más elevado.

Sebastién Galy, responsable sénior de estrategia macroeconómica de Nordea Asset Management 

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