Ojalá pudiésemos preguntarle eso a cada valor que sale a cotizar, tal y como hace esta conocida app con cada usuario que busca desplazarse en coche. Imaginad habérselo preguntado a Amazon hace ahora 22 años. Era una compañía que salió a cotizar con pérdidas en la última línea de la cuenta de resultados y no logró un beneficio pírrico hasta cuatro años después. Sin embargo, el panorama ha cambiado significativamente, y está sumida en una continua lucha junto con Microsoft y Apple por ostentar el honor de ser la compañía más valiosa del mundo en términos de capitalización bursátil.

Aunque estas líneas puedan aumentar la ilusión del que no haya podido aguantar para estar desde el primer día invertido en Uber, mi postura sigue siendo igual que la de hace un año, cuando escribía en Finect sobre los problemas que le veo a precipitarse en las salidas a Bolsa. En abril de 2018 hablábamos de Spotify y Dropbox, que siguen por debajo del precio marcado en su primer día de negociación en el parqué, y en 2019 podemos hablar de Lyft, Pinterest y Uber. Muy probablemente acabaremos también hablando de Airbnb a finales de año. Como ya comenté, en una OPV el precio de la acción suele ser bastante alto: el que vende quiere hacerlo al precio más alto posible para así maximizar sus beneficios. Si entendemos esto, podemos entender también que, en la mayoría de las salidas, no estamos invirtiendo con un adecuado margen de seguridad.

Las variaciones del precio en el caso de la salida de Uber rozan lo esperpéntico. Gigantes de la banca de inversión valoraban a Uber en torno a los 120.000 millones de dólares hace un año, para después hablar de 100.000 millones y, finalmente, 80.000 millones de dólares. ¿Se imaginan haber pagado 120.000 euros por una casa que el mercado valora en 80.000 y que, muy probablemente, ningún inversor inteligente les vaya a pagar ni siquiera ese último precio si deciden venderla a corto plazo? Por muchas perspectivas positivas que pueda tener el barrio imaginario en donde está situado ese activo inmobiliario ficticio, lo más prudente sería esperar para tomar una decisión de inversión. ¿Por qué no hacer lo mismo con una compañía que acaba de salir a cotizar con pérdidas?

Como pueden leer en este artículo, el 80 % de las firmas que salen a cotizar en Estados Unidos pierden dinero. Un porcentaje que se asimila al alcanzado en el año 2000, cuando empezaba a dibujarse el principio del fin de la burbuja puntocom. Sin embargo, la situación es diferente esta vez en cuanto al número de empresas que deciden dar el salto al parqué. Según un estudio de Ernst & Young, el mismo parón de OPVs al que asistimos en España y Europa es también a nivel mundial. En el primer trimestre se realizaron 199 operaciones de salida a bolsa en todo el mundo por valor de 13.100 millones, un descenso importante quizás alentado por las incertidumbres derivadas de los temas más recurrentes de los últimos tiempos: la sempiterna guerra comercial entre Estados Unidos y China, el Brexit y un entorno de desaceleración económica. Es decir, el volumen de salidas en términos de valor monetario puede asustarnos, pero, según JP Morgan, las salidas a bolsa de este año suponen el 0,24 % de la capitalización del mercado, menos de la mitad del nivel que suponía en 1999.

Volviendo al tema que nos ocupa, la salida de Uber, creo que la paciencia es una virtud y es mejor esperar para tomar una decisión de inversión con acciones que acaban de salir a cotizar. No hay más que ver lo que ha ocurrido con el precio de una compañía con el mismo modelo de negocio que Uber: Lyft. Ahora mismo cotiza casi un 35 % por debajo de su precio de salida y con los mismos problemas que Uber en forma de pérdidas, competencia y/o regulación de las VTC.

Viendo las estadísticas, igual tendría más sentido estudiar la creación de un sistema de trading que se ponga corto en cualquier valor nuevo una vez la SEC levanta la prohibición inicial para operar desde el lado bajista. Creo que en estas salidas sólo ganan los bancos de inversión y que el inversor minorista paga una gran prima con respecto al valor real de la cotizada. Y lo hace en muchas ocasiones coaccionado por las perspectivas de la primera línea de la cuenta de resultados: las ventas. No hay que olvidar que este negocio no va sólo de vender, sino de ser capaz de generar beneficios que se traduzcan en una adecuada rentabilidad para el accionista. También hay que tener en cuenta que algunos inversores importantes están sometidos a un periodo en el que no pueden deshacerse de grandes paquetes de acciones. Una vez pueden vender, es otro factor que añade presión bajista a una compañía con pérdidas en la cuenta de resultados cuyo precio ha sido inflado, quizás menos en el caso de Uber, de cara a la OPV.

Pese a mi negativa a invertir en una compañía al principio de su vida bursátil, creo que Uber, a diferencia de otras salidas con cierto glamur como Spotify, Dropbox o Snapchat, sí es una empresa interesante y que deberíamos tener en cuenta: negocio sencillo, soy usuario de ella y, con sólo una década de vida, es el líder en el mercado de viajes compartidos en los Estados Unidos y probablemente en el mundo después de la adquisición de Careem. Está en un mercado muy goloso y con otro añadido: la entrega de alimentos a domicilio. Este último mercado está en el foco también de muchos gestores value porque existe un gran potencial de crecimiento.

Creo que la compañía cuenta con dos ventajas competitivas importantes: efecto red (mayor poder a mayor número de usuarios) y activos intangibles (el poder de la marca). Estas dos ventajas podrían posicionar a Uber en la senda de los beneficios y la ansiada rentabilidad en un futuro no muy lejano. En consecuencia, no sería descabellado que sus ingresos crezcan a tasas de doble dígito durante el próximo lustro y es por eso por lo que considero prudente alejarse ahora mismo del ruido de corto plazo y buscar un mejor precio de entrada, pese a que algunas voces sostengan que el precio ya ha sido tremendamente ajustado desde el principio para evitar un estreno como el de Lyft. Paciencia como virtud.